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Formas de ser – La radio

Radios

Uno se acuerda de los sonidos que en un momento dado abrigaron su entorno, sonidos de la calle, de vecinos, de cascos de caballo en los adoquines, de tranvías en su camino de hierro, de peleas en un piso, de brisas en los pinares, de espumas en el rompeolas, de sirenas de fábricas, de corridas y disparos en protestas, de jadeos amorosos y llantos de impotencia.

Muchas veces tenía prisa por olvidar algunos sonidos, pero algunos hoy en día los evoco. Esa evocación está motivada por la radio, ahora y aquí, junto al sonido que produce mi lápiz al deslizarse por el papel, me acompaña el rasgueo de una guitarra flamenca que surge de una pequeña radio en mi mesilla de noche. El volumen del sonido está en el límite de lo audible, así no interfiere en mis recuerdos y me ayuda a escribir estas líneas. Por esa radio surge una voz pausada y andaluza que con mucha maestría va deshojando en la noche la pureza de la música flamenca que emite La Clásica, desde Madrid.

En mi dial de botón o ruedecita (odio los diales digitales) tengo dos alternancias  de emisoras: Catalunya Música y la Clásica, de Madrid, que en las horas de mi jubileo encaminado al ordenador (MAC), las dos emisoras se disputan mi audiencia y me paso de una a la otra cuando intentan colarme música contemporánea o alguna pieza, para mí soporífera, de cámara.

Desde muy pequeño, la radio siempre me ha acompañado. Mi abuelo tenía una casa de comidas, en pleno Paralelo, de Barcelona, enfrente las tres chimeneas de la fábrica de electricidad (que aún existen). No me atrevería a denominarla «restaurante», en la familia la llamábamos «el bar» y de nombre propio «La Valenciana». Recuerdo a mi abuela, y a veces junto con mi madre, que estaban en la cocina en invierno cerca de las once de la noche y lo único que llenaba el comedor era la radio con alguna obra teatral radiofónica. Por ella aprendí Valle Inclán, Buero Vallejo, Hermanos Quintero… mientras yo ya adormilaba en la cocina en una pequeña sillita de enea escuchando radio teatro, al tiempo que  mi madre con un hierro removía  el rescoldo del carbón de la cocina. Mis ojos luchaban por no cerrarse tratando de imaginar cómo eran los personajes de esa obra.

Otras veces, la radio marcaba puntualmente los meses del año. Sabías en que día estabas sólo oyendo la cantinela de los niños de San Ildefonso cantando los números de la lotería (diez mil cuatrocientos veintisieeeete…. diez mil peseeeetaaaas), o el bello Danubio Azul retransmitido en directo desde Viena, o sabías que estabas en Semana Santa por la abundancia de Bach, Haendel, Vivaldi… que a mí me fascinaba. Incluso había seriales de ciencia ficción «Diego Valor, caballero del espacio», o policiacas, donde tenías que descubrir al culpable «Taxi Key».

Conocía el nombre de cantantes italianos, franceses, alemanes y griegos. Me fascinaba Marcos Redondo y me ponía nervioso Sagi Vela. Distinguía por la voz a Mario de Mónaco de Di Stefano y a la Callas de la Tebaldi. En fin, un universo de voces y estilos diferentes y variados que hoy en día las multinacionales tienen acotada la diversidad en nombre de la economía consumista. En esto la radio ha perdido libertad.

Soy consumista de Spotify, encuentro maravilloso poder recuperar el material musical de otras épocas. Cierto que para algunos es más cómodo hacer una selección y pasarla a MP3, pero prefiero la radio por lo que tiene de imprevisto como la vida misma.