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Formas de ser (1)

Los alumnos de hoy en día

Recientemente estuve en una cena despedida de final de curso y jubilación de un amigo, y entre pan con tomate, jamón, postres, cava, había un departir con los compañeros de mesa, con mayoría de mujeres, y  en un momento determinado el tema se centró en la juventud actual y los niños y niñas que ocupan actualmente las aulas; como es  común, al inicio alguna voz remarcó lo que habían cambiado las formas de ser, costumbres y trato entre alumnos y maestros y las dificultades con las actitudes de las familias, a la hora de intentar llevar adelante un curso.

Estas mismas argumentaciones afloran donde doy clases en una escuela de cine y audiovisuales, pero con alumnos de 20 años, algunos de mis compañeros de claustro insisten en lo poco preparados que llegan al grado superior, el desinterés e incluso que están aliados con los padres en contra del profesor.

Volviendo a la cena, fue reconfortante escuchar a maestras de la generación de los 70 las motivaciones que les habían llevado al camino de la docencia y su posición y actitud ante lo que otros califican como problema actual de los alumnos.

Algunos recordarán la acción, por no decir revolución pedagógica de los años 60-70 (en Barcelona), Freinet, Montessori, Rosa Sensat son algunos de los nombres-caminos de una pedagogía para formar seres libres y conscientes.

Algunos maestros maestras que bebieron de aquellos movimientos, aún están en activo  y también tienen en sus aulas a alumnos «conflictivos» de hoy en día, pero estos educadores hablan como si se tratara de  un idioma diferente de los demás educadores más jóvenes; de entrada, no les oigo quejarse de la forma de ser de los alumnos «actuales», sólo hablan de alumnos, de personas con más o menos dificultades personales, los alumnos no son el enemigo… y los quieren tal como son, porque son enseñantes, educadores, maestros… porque lo eligieron, por una palabra que algunos ignoran su significado, vocación.

(Comentario extraido del blog de

iessecundaria

De JUAN PEDRO SERRANO LATORRE

“Sólo quien hace las cosas con verdadera y profunda vocación tendrá profundo amor a eso que hace… La docencia no puede hacerse sin amor, sin dar amor y sin recibir amor”.

Así reflexiona el profesor Diego Gracia Guillén sobre la idea de vocación docente, abundando en el concepto de “trabajo erotizado” que en su día propusiera Herbert Marcuse, para defender la necesidad de amar el trabajo,  convirtiendo cada clase en una obra de arte, de amor, de seducción.

Ya sé que “vocación” es una palabra casi tabú entre los docentes y que, cuando alguien la sugiere como necesaria  para el ejercicio de la profesión, muchos suelen interpretarlo poco menos que como un ataque personal, argumentando que lo verdaderamente importante es ser un buen profesional. Y puede que no les falte razón, pero ¿cómo se es un buen profesional de la educación?