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Memorias de un aprendiz – Librería teatral Millà

LlibreriaTeatral-Millá No podía acostumbrarme a ver la calle Berenguer el Viejo vacía, sin gente, en silencio. Hacía pocos días, habían aparecido un montón de camionetas de los «grises» y de urbanos y desalojaron a toda la gente, que no era poca, y a partir de aquel día ya no he visto más los pequeños tenderetes en las aceras, los vendedores ambulantes, los carteristas y los chorizos, por  esto, al bajar a la calle al salir del taller, me encontraba en un mundo raro. Con el tiempo me acostumbré a ese silencio de la calle, sólo roto por la mezcla de diferentes canciones de la radio que salían de los balcones abiertos, o de algunos críos gritando, que ahora si podían salir a la calle a jugar.

Me gustaba salir del taller, pues pasaba muchas hora en él, de 9 a 1 y de 3 a 7 incluídos los sábados. Aunque me gustaba mi trabajo, me apetecía salir a la calle, sentir los espacios abiertos, ver las tiendas y las gentes que parecen un poco diferentes, más tranquilas, no gritan tanto, no sé, algo diferentes, supongo que el personal que venía a poner su tenderete en la calle, era ya el último recurso para sobrevivir, y eso los hace tan agresivos, y los que trabajan en tiendas están mas relajados, no sé si es así, pero yo lo notaba.

Los motivos que tenía para salir a la calle eran varios, el cotidiano de llenar el botijo de agua en la fuente de Paralelo  con Arco del Teatro, cosa que hacía con parsimonia o sea poco a poco, nunca me decían nada del tiempo invertido, también me mandaban a buscar carretones de mano para llevar decorados para la función de algún Centro, eso me gustaba mucho, yo conduciendo un carretón, pero el recorrido era corto, de la calle Santa Madrona (donde vivía) al taller en Berenguer el Viejo, unos 150 metros; había dos tipos de carretones, los planos más grandes y que pesaban poco y los de caja más pequeños, pesaban más pero eran muy manejables. Los planos para conducirlos bien tenías que tirar desde delante, los pequeños lo podías hacer desde atrás, empujando, pero era más divertido.

Otro sitio donde me gustaba ir era a la droguería el Sevillano. Aunque los colores los traían representantes de fábricas de pigmentos, cuando se terminaba algún pigmento y era urgente acabar una faena, me mandaban al Sevillano a comprar unos kilos. El Sr. Ramón era el encargado de la tienda y me trataba con amabilidad, incluso me hacía bromas, a mi edad pocas personas me trataban bien y menos me hacían bromas. El Sr. Ramón me hacía entrar a la trastienda donde olía a una mezcla de productos químicos, amoniaco, lejía, jabón, azufre… en fin casi mareaba, y yo mismo llenaba en bolsas de papel el pigmento que necesitaba.

Algunas veces me mandaban con una libreta y un lápiz a la librería Millà, para que apuntara de los libretos  de teatro las acotaciones de los decorados, éstos estaban siempre en las primeras páginas, algunas veces estaba dibujado el decorado, otras sólo descrito. Entrar en la tienda de la calle San Pablo era también otro mundo, todo eran libros y además de teatro, el olor tambien era especial y el silencio y la quietud, tras cerrar la puerta acristalada  de la calle te sentías algo diferente. «Buenos días señor Lluís, vengo de parte de Hermanos Salvador para que me deje copiar las acotaciones de «La ferida lluminosa» y de «Historia de una escalera». El señor Lluís, en silencio, buscaba al fondo y me traía los libretos de las obras, y apoyándome sobre unos libros, copiaba en mi bloc las acotaciones y algunas veces el dibujo del decorado, luego daba las gracias. Al salir de la tienda, subía el nivel de ruido de la calle, y contento retornaba al taller por la calle San Pablo llena del sol de mediodía.