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Memorias de un aprendiz – Mi Galatea

C-

Una de las disciplinas de primer año en el Instituto del Teatro era el dibujo del natural de esculturas de yeso, para practicar y tener habilidad en el dibujo, tanto el la proporcionalidad como en el claro-oscuro, y en el aula había reproducciones de notable calidad en yeso de escultura griegas, romanas y renacentistas.

Su presencia imponía, por su silencio eterno y el movimiento congelado también en el tiempo, el silencio surgía espontáneo en el momento que seleccionabas una de las esculturas después de pasar tu vista a varias de ellas sin pensar en el grado de dificultad, te dejabas llevar por la seducción que emanaban de ellas, y de pronto decides ¡…ésta..! y todas las demás desaparecen, entonces buscas el ángulo que más te atrae, todo ello sin pensar, notas tu respiración y todo tu entorno se difumina, por unos segundos eres consciente del silencio, de tu silencio, luego lo olvidas y pasas a la acción, tienes prisa, quieres empezar, preparas el tablero, sujetas el papel con chinchetas, colocas bien el caballete para que con un ligero giro de cabeza puedas observar la escultura y el papel y levantas la mano con el carboncillo afilado, miras entornando un poco los ojos el modelo…

En ese momento se produce una alquimia que cambia tu forma de ser habitual, la percepción actua,  los hemisferios cerebrales interactuan armoniosamente, y pierdes la noción del tiempo.

A cada trazo del carboncillo aparece poco a poco sobre el papel blanco lo que el modelo te ofrece y lo que tu captas, y a medida que avanzas tu percepción agudiza tu observación y descubres las ligeras y sutiles variaciones de las formas, contornos, sombras y luces, captas con plenitud lo que el creador de la escultura intentó plasmar hace muchos siglos atrás.

Puede pasar en este estado de trance que revivas el mito de Pigmalióny lo que es un simple ejercicio de dibujo, se impregne de ese enamoramiento espiritual, y los trazos luces y sombras se transformen en tu Galatea particular.

Algunas veces llegaba antes que los demás al aula, y me encargaba de coger las llaves en conserjería y abrir, ello daba pie a que todas las escultura fueran mías, podía hacer con elles lo que quisiera, romperlas, ensuciarlas… pero no, las respetaba profundamente, pues, a pesar de ser copias, eran un recuerdo de los antiguos originales, y eso me impresionaba.

Había un busto de mujer que me atraía su rostro, al dibujarla pude captar todos los matices de sus facciones, y a medida que terminaba el dibujo éste disparó una serie de connotaciones, no ya de mi dibujo si no del modelo en yeso, ¿quién sería esa mujer que habría posado para el escultor…? ¿ cual sería el tono de su voz…? ¿y su carácter…? Un pedazo de yeso me había conmovido, y varios días me inquietó el verla, y un día que estaba solo la besé en sus labios fríos…