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Memorias de un aprendiz:6

Acorralando a los indios

Cavant-AEl recuerdo de hoy transcurre en el segundo taller donde seguía en la categoría de aprendiz.

Este taller estaba situado en la misma escalera que el primer taller donde empecé con mi familia. Se hallaba ubicado en el último piso y, por lo que me contaron, era una chapuza, seguramente ilegal, del propietario del edificio, pues en el terrado había levantado unas paredes y cubierto el techo con uralita. La ventaja de este taller es que era amplio,  no tenía columnas en el centro, pero el suelo, por ser el mismo que el terrado, estaba acusadamente inclinado y el techo no tenía cámara de aire, por lo cual frío en invierno y calor en verano.

Aquí cambiaron algunas rutinas: no tenía que ir a buscar agua (se bebía del grifo de un lavadero), no tenía que barrer (el orden no era de las obsesiones de mis nuevos maestros), no había radio, lo que daba un silencio de monasterio y sólo pregunté dos veces: «¿Qué hago?» y como uno me mandaba al otro ya no pregunté una tercera vez, si querían algo ya me lo dirían.

Fue una época de gran creatividad imaginativa, pues en las horas en que no había trabajo podía dedicarme a lo que quisiera. Primero me dediqué a mirar la forma de pintar de cada uno, dado que en ello aún no podía participar, y descubrí que había otras formas de pintar diferentes a como lo hacía mi padre. Esto me animó porque pensaba que sería muy difícil pintar como él, que era genial con el pincel.  Descubrí nuevas maneras de aplicar el color, que sólo con manchas se podían dar formas casi sin dibujarlas y, además, pocas veces utilizaban la paleta, con cinco o seis ollas y un cubo de agua campían (llenaban) los colores y los mezclaban directamente en el telón.

Empecé limpiando pinceles, clavando telones y por iniciativa propia barriendo y poniendo orden en aquel taller.

Había un tema que me exasperaba, era clavar los telones de tela en el suelo, dado que éste era el original del terrado, formado por rasillas de arcilla cocida, pero no quedaba ni una entera, pues como el turrón de Alicante cuando lo golpeas se rompe, y cada una de ellas estaba cuarteada por lo menos en quince o veinte pedazos. Por ello, sólo podías clavar en alguno de los pedazos grandes que no se había partido para que el clavo agarrara. Por otro lado, me quedaba yo solo para hacer este trabajo y me desanimaba pensar en los centenares de clavos que quedaban por clavar. Entonces se me ocurrió una idea que me motivó, imaginé que en el centro del telón había una tribu de indios y tenía que acorralarlos, que las hileras de clavos eran soldados del séptimo de cavallería que iban avanzando y cerrando el círculo, y así, de uno en uno, íbamos avanzando y acorralando a los indios ( en aquella época en las películas los indios eran los malos…)