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Memorias de un aprendiz:4

Superman

EspardenyesMi imaginación recreaba el acto de cuando superman se transforma de traje de periodista a héroe volador, pero mi vestuario lo componía un pantalón viejo, un jersey con los codos raídos y sobre todo lo que me transformaba de chico normal a trabajador, las alpargatas; al atarlas con las cintas a mis pies y levantándome del banco de madera, donde nos cambiábamos, sentía bajo mis pies que el suelo transformaba su textura y me sentía volar.

Las alpargatas no dejan huella sobre los telones extendidos en el suelo del taller y, desde los primeros días hasta hoy, se produce una transformación cuando me las ato, es como un tránsito de una realidad a otra, los zapatos de a diario, de la calle, pisan infinidad de lugares, de suelos unos limpios otros sucios, asfalto, adoquines, tierra, alfombras, seco, mojado, pero las alpargatas con su suela de esparto y sus cintas negras para atarlas a los tobillos, son solo para caminar por encima de los telones, nunca salen a la calle, para no impregnarse de suciedades ni grasas, pues podrían imprimirse sobre los decorados y estropear lo pintado.
Levantarse del banco de cambiarse, es un acto muy similar entre uno que es aprendiz y otro al que se le puede llamar maestro, la diferencia está en la toma de decisiones de uno y otro.
El maestro, mientras se cambia de ropa, su cerebro con una velocidad considerable se hace cargo del trabajo que tiene ante si en la jornada de hoy, calcula lo que le falta y distribuye espacios, personas, responsabilidades, repasando la lista de materiales para que no falte nada y los riesgos de llegar a tiempo para entregar la faena el día acordado.
El aprendiz, depende…
Nota más que nadie la climatología, si hace frío, el lo tiene más que nadie, si se levantó con hambre, ya en el banco de cambiarse anticipa unos mordiscos del bocadillo, o se pone extremadamente pesado en preguntar: «¿Qué hago?» y lo más seguro es que se neutralice este ímpetu, mandándole barrer el suelo del taller, de esta forma está controlado y calladito.
Mis primeras acciones con la escoba, recordaban a un caballo desbocado, escobazos largos y rápidos, como el fragor de una batalla, dejando restos del serrín mojados que se esparcía para no levantar polvo, total que el suelo quedaba peor que estaba antes de barrer; entonces una lluvia de consejos venían de diferentes partes:» no levantes tanto la escoba, no mojes tanto el serrín, barre siguiendo una línea, el barrido corto».
Al principio me frustraba, pues creía que toda faena era mejor atacarla con ímpetu, pero no, había que hacerlo de una determinada forma,con un ritmo,  incluso con unos gestos adecuados.
Ahora barría de otra forma, requería más atención pero el resultado me daba satisfacción, ¡ qué diferencia de suelo una vez barrido..!, y además tenía a todo el mundo apaciguado. Aprendí que es ser aprendiz.