Formas de ser – Otra abuela por favor…!

No hace falta ensalzar la figura de los abuelos, amor, ayuda, experiencia… en fin, casi todos hemos vivido y reconocido su aportación al núcleo familiar, pero el otro día presencié los efectos que producen la ignorancia, el amor mal entendido, el ser de pocas luces.

Por determinados motivos, tuve que pasarme un par de horas sin poder hacer nada más que esperar. Ante esto, decidí buscar cobijo en un parque público con sombra abundante de los árboles, suelo tamizado de gravilla y aparatos varios para los niños. Desde el fresquito banco me dediqué a observar a las personas que animaban el parque en este mediodía primaveral.

Un abuelo canoso, sentado junto a dos nietos, y otra abuela de pie controlando al suyo. Los tres niños, de entre año y medio a dos, sentados alrededor de un cubo, el cual llenaban con gravilla. El abuelo, muy tranquilo, dejaba hacer. La abuela controladora no estaba relajada, siempre guardando metro y medio de distancia de su nieto fuera donde fuera. El niño cogía el cubo y a los otros dos parecía que no les importaba y seguían con sus paletas amontonando gravilla. El abuelo, con cara risueña, los miraba. La abuela controladora reñía al niño por haber cogido el cubo, se lo arrancaba de las manos y lo ponía otra vez en el centro de los tres. Este juego de coger y ponerlo otra vez en medio se repitió unas veinte veces seguidas, con insistencia de ambos, el niño y la abuela. Todo ello con una serie de consideraciones educativas, como «niño no seas malo» «niño que te pegaré» «niño tienes que compartir» «niño, niño, niño…». El niño, que estaba en una zona de sombra, llevaba un gorrito con visera y se lo quitó y la abuela controladora ponía en su sitio cubo y gorrito, total como una danza repetitiva de quita y pon. La gota que rebasó en vaso fue cuando el niño se puso una piedrecilla en la boca. La abuela controladora se creció en su imposición de formas y reprimendas orales. El niño, supongo que harto, se levantó del grupo y se puso a caminar. La abuela detrás con las manos preparadas por si acontecía algo inesperado y a un metro y medio del niño fuera donde fuera. Puede que para seguir experimentado los límites, de cuando en cuando el niño cogía una piedra y se la introducía en la boca. Junto con un violento despoje de la piedra, apareció repetidamente la palabra «caca», «niño caca, esto es caca» «levanta, caca». El niño seguía su deambular hacia una pista de cemento para patinar que estaba vacía y sobresalía un palmo del suelo de la gravilla. El niño se encaramó a la pista con acompañamiento de fondo de «te vas a caer» «no seas malo» junto con imposiciones de gorrito, repetidos golpes de mano  y la letanía de «que malo eres» «no te voy a querer», etc. etc.

Bueno, cuando me di cuenta del grado de indignación que yo tenía me levanté y me marché para olvidar aquella sarta de comportamiento estúpido y pensé que aquella criatura merecía pedir: ¡Otra abuela por favor!

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