Memorias de un aprendiz-No quiero ser artista

Sant-Lluc

Cuando terminé los estudios del Instituto del Teatro, me quedó un vacío, pues mi cuerpo aún seguía con la inercia de la disciplina de acudir cada día de 7 a 10 de la noche a las clases, y eso se terminó de pronto, pero al poco inicié otra apasionante actividad, me apunté como socio como lo requería el poder asistir, al Cercle Artístic de Sant Lluc, que disponía de un estudio compartido por los socios donde se podía dibujar al natural el cuerpo humano.

No recuerdo ni como me enteré de esta posibilidad, pero me fascinó, y después de asesorarme del espacio, horario y material por un socio de la entidad, compré un montón de papel “Ingres”, carboncillos, lápices de carbón y una enorme carpeta, con todo ello entré en el estudio. La sesión ya había empezado y la modelo desnuda posaba sobre la tarima y un silencio un poco denso flotaba en el ambiente, busqué el mejor ángulo dentro de las posibilidades, los demás, al llegar antes, ya se habían posicionado, y extendiendo el papel sobre un tablero, lo sujeté con unas chinchetas de tres puntas que me pasó un hombre que estaba a mi lado, sacándome así del apuro  pues yo no traía chinchetas, nunca había visto chinchetas de tres puntas y eso me pareció muy francés, y todo lo francés para mi era señal de modernidad.

Cuando pude hacer callar las voces internas que cuestionaban si podría hacerlo bien o no, miré el papel, miré a la modelo y dejé que mi mano reprodujera los contornos, primero a grandes rasgos, luego los perfiles más sutiles, y poco a poco la figura de aquella mujer se recomponía sobre el papel, las voces internas habían callado y en aquel momento en el mundo sólo existía la modelo y los trazos que conducían mi mano, todo mi entorno había desaparecido, de pronto alguien dijo: “Descanso”, y la modelo movió el cuello y los brazos para desentumecerlos, se puso de pie y se cubrió con un batín.

Yo pensé que sólo habían pasado unos pocos minutos, había perdido la noción del tiempo. Aprovechando aquel descanso, me pasé para ver lo que habían hecho los demás, y cual fue mi sorpresa al comprobar que mi dibujo estaba a la altura de muchos de ellos, a partir de aquí dejé aparte el miedo al ridículo y empecé a disfrutar mucho más dibujando.

Al poco tiempo de asistencia continuada, la misma práctica me llevó a una evolución en el dominio del trazo, y dejé el lápiz carbón por el de grafito y las sombras las resolvía con trazos cruzados formando una trama, sin difuminador, esto le daba un caracter más personal, como más impresionista, creo que logré un estilo propio.

En aquella época, algunos domingos cogía la caja de pinturas al óleo, unos cartones y me llegaba al muelle de pescadores de la Barceloneta, intentando así emular lo que muchas veces mi padre me había contado de que, cuando él era aprendiz, se levantaba al salir el sol y antes de ir a trabajar al taller se iba a pintar.

Ésta era otra lucha. Además del claro-oscuro había el elemento color, y éste se desprendía de los reflejos de las barcas en el agua, de las penumbras entre proas, en las luces deslumbrantes del sol reflejadas en las semiquietas aguas. Aquí era otro ritmo de atención para captar todo ello, además algunas veces las luces cambiaban constantemente: ahora una nube, ahora sol, otra vez otra nube que uniformaban los tonos y luego otra explosión de luz sobre los costados mojados de las embarcaciones.

Toni era un hombre 15 ó 20 años mayor que yo. Dibujaba bien, pero no trabajaba demasiado las sombras, sus dibujos no tenían fuerza, a mí si que me importaba la luz.

Los lunes llevaba los cartones con los apuntes de marinas que había hecho el domingo y Toni me hacía algunas observaciones sobre mi trabajo, esto me animaba. También compartía los comentarios con otro hombre un poco más joven, pero mayor que yo, Rafel, simpático y con acento de pueblo de Gerona. Era muy gratificante compartir experiencias sobre tu trabajo.

Rafel desapareció un par de meses y un día regresó al estudio de Sant Lluc y me chocó verlo diferente, era más exagerado en su buen conocido humor, llevaba el pelo más largo recogido con una coleta y hablaba más fuerte, en fin parecía más… más artista, si eso, ahora hablaba como un artista, se movía como un artista, pero no escuchaba como antes y además pregonaba que se había pasado al abstracto. Yo me pregunté a mi mismo qué tiene que ver una forma de expresarse pictóricamente con unas actitudes y unas vestimentas diferentes. Ya no me prestaba atención y mucho menos a mis apuntes.

Al poco, mi amigo y asesor Toni vino a decirme que no le mostrara en público mis trabajos, que ya me los miraría de escondido, pues lo que yo hacía había pasado de moda y si vieran mis trabajos podría oir comentarios que me sentaran mal.

Yo alucinaba. Què està pasando? Què los pintores quieren hacer otra forma de expresar-se? Bueno, que lo hagan! Pero por què yo no puedo seguir en mi línea de trabajo, al fin y al cabo lo hacía sólo para tener más habilidades para pintar telones, yo no pretendía ser artista.

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