Memorias de un aprendiz (14)

Gran teatro del Liceo

Esta fotografía histórica fue tomada en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona durante una representación de la ópera GOYESCAS, de Enrique Granados, dirigida por el Maestro Eduard Toldrà, el 29 de enero de 1957.

Fotografía perteneciente a la web  Oficial del Tenor Antonio Magno. http://www.antoniomagno.com/ginestorrano.htm

De izquierda a derecha: Ginés Torrano, Pablo Civil, Dolores Pérez, Eduard Toldrà, Rosario Gómez y Rafael Terán.

goyescasfotoreparto

1994. No pude ni quise contener unas lágrimas al mirar desde un lado de las Ramblas como ardía el Liceo, en parte por lo que significaba y en parte por que se perdían entre las grandes volutas de humo que ascendían verticalmente, parte de mí.

1957. Mi jefe llevaba un puñado de pinceles largos, lapiceros y carboncillos, yo una pieza de tela de algodón sobre la espalda, pesaba pero podía con ella, me agradaba el olor del algodón crudo, tiene un aroma especial; él iba delante, entramos por la calle San Pablo, subimos hasta el último piso, reposadamente, no como los amantes de la música en día de función corriendo para situarse en el mejor sitio en el gallinero 4º y 5º piso, pues si te tocaba un lateral no veías nada del escenario.

Al final, una puerta daba a un pequeño patio en la parte más alta del edificio, luego entrabas a una pequeña sala de ensayos del coro, al llegar a la puerta, si sonaban las voces te esperabas, cuando el maestro, el director de coros hacía una pausa para dar indicaciones, rápidamente abrías la puerta y por detrás del coro tomabas una escalera de madera muy empinada que al final estaba el taller de escenografía, a media escalera podías oir simultáneamente las voces del coro y el sonido de la orquesta y te producía una sensación muy especial.


El taller del Liceo no parecía pertenecer a este mundo, llegabas a él emergiendo del suelo, o sea de la escalera empinada y oscura, los últimos cuatro o cinco peldaños ascendentes te iban mostrando primero el techo, cruzado de vigas de hierro en dos vertientes cubriendo un gran espacio y en el medio una gran claraboya de vidrio, que matizaba la luz en el centro del espacio, pero oscureciendo los lados en penunbras suaves que ocultaban montones de piezas de decorados, partes de utilería y unas soberbias estatuas de yeso casi todas bustos, como personajes de finales y principio de siglo, mujeres sonrientes, hombres de pro con bigote y perilla, un Vagner, un Beethoven, un fauno y uno que diría que era Garibaldi.

En las paredes, cuadros sin marco de interiores de iglesias y catedrales, algunos sin colgar apoyados en la pared, plantillas de balustres, estarcidos de papel ennegrecidos de carboncillo clavados en la pared en paciente espera a que nunca más los utilizaran, pero estaban ahí por si acaso, una paleta con ruedas y botes de cerámica que parecían de alquimista, con tal cantidad de polvo que todos los colores eran de igual tono, y engalanando cada palo de remover los botes de color, una guirnalda de telaraña que los unía, unos «portacosis»  (salva telones como dicen en Madrid) repartidos, algunos de pie algunos tumbados .

Impresionante el suelo hecho con tablas, las mismas que las del escenario,  un gran recuadro de las tablas del centro se podía levantar y por allí se colgaba o descolgaba la gran lámpara de la sala, entre las rendijas de las tablas podías ver a vista de pájaro las butacas de platea.

El sonido era especial, imperaba un silencio denso, la ciudad desaparecía por completo, y de vez en cuando oías amortecida la orquesta, alguna veces a «media voce», una voz de tenor ensayando, algunos cantaban con toda la voz, y era de agradecer.

Fuimos a pintar unos apliques para la ópera Goyescas, de Enrique Granados, el resto del decorado la habíamos hecho en el taller y como lo teníamos todo ocupado nos dejaron acabar piezas en el taller del Liceo.

Recuero que la dirigía Eduard Toldrà, no lo conocía personalmente y de pronto lo tuve a unos cuantos metros, era impresionante verlo ensayar, su pelo repartido mitad y mitad en su frente, seguía la danza de sus manos sometidas a la batuta, mechones y manos hacían su coreografia. Recordaré siempre las repeticiones y observaciones que hacía el maestro, creo que a la soprano, en la escena de la maja y el ruiseñor, no recuerdo bien si era una flauta o un clarinete que imitaba al ruiseñor y éste un diálogo con la cantante.

Como siempre, estaba solo en las faenas más arduas y largas y a ratos, los más, estaba en el taller sobre la sala o me bajaba al tercer piso para undirme en cuerpo y alma en los ensayos de la orquesta, el horario laboral no tenía sentido ante estos eventos, sólo me devolvía al mundo real mi estómago hambriento, que pedía lo suyo.

Había leído una antigua novela por entregas de El fantasma de la ópera, y me mimeticé con al fantasma, sentía como si el Liceo fuera mío, conocía desde la parte más alta del edificio hasta el último foso, pasillos, atajos por los puentes, el peine… es por eso que no pude ni quise contener unas lágrimas.


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