Memorias de un aprendiz- Nunca digas “Entre bambalinas”

Entre bambalinas

Esta frase hecha es una estupidez dicha por aquellos que no conocen de cerca un escenario de teatro.

Bambalinas son unos elementos, generalmente de tela, colgados del telar horizontalmente y a unos cuantos metros del suelo o tablas y que cruzan el escenario de lado a lado, por lo que es muy difícil estar “entre bambalinas”, a menos que se esté colgado por algún medio desde el telar a la altura de las mismas.
Lo correcto es decir “entre bastidores” o “entre cajas”, que están o se sustentan al nivel del suelo del escenario o tablas.
Esta frase hecha se aplica en el sentido de que uno puede presenciar o hacer algo sin ser visto por dos demás, sea en política, negocios o cualquier actividad social, pues uno está en el escenario de los hechos pero no se le ve.
Desde muy pequeño yo había estado entre bastidores en diversos teatros, acompañando a mi padre, y sobre todo al empezar como aprendiz.
Uno de mis maestros solía dejarme solo con el trabajo de pintar los aforos de puertas y ventanas o los suelos de lona que cubrían las tablas; os aseguro que no lo hacía para acelerar mi experiencia, más bien para escaquearse y allá te las compongas (no le guardo rencor, pues consiguió acelerar de verdad mi aprendizaje, con cosas reales).
Algunas veces tenía que combinar ensayos de la compañía con retoques e pintura, tenía una parte de emoción, pues se aprovechaba el movimiento de actores para acudir y pintar en la zona opuesta a la que estaban ellos, usualmente nunca me llamaban la atención, puesto que aquella misma noche había estreno.
Creo que fue con “Las brujas de Salem“, en el Comedia de Barcelona, con la compañía de José Tamayo, que me encontré en la situación antes descrita.
Solo, seis horas antes del estreno, supongo que un ensayo general de urgencia, toda la compañía con vestuario puesto, el director y su ayudante en platea a oscuras, de vez en cuando elevaba la voz para corregir algún gesto o movimiento, alguna vez elevaba la voz mucho.
Yo, entre bastidores, con un par de cubos llenos de dos tonos de color suelo, siena y siena con kásel, y una brocha de campir (rellenar), a punto como un guerrero con su lanza pronto a intervenir en el suelo del escenario cubierto de una lona blanca y que tenía que matizar para que pareciera suelo de tierra.
Pasaba el tiempo y cada vez quedaba menos para el estreno, estaba nervioso y preocupado pues deducía que no tendría tiempo de que secara lo pintado e hice lo que nunca se debe hacer en un ensayo, interrumpir, y decidido entré en escena en un pequeño lapsus de silencio, y adelantándome hacia el proscenio busqué en la oscuridad al director, no se le veía pero lo intuía, y alzando la voz todo lo que pude dije: “Oiga, si no empiezo a pintar ahora el suelo no estará seco para el estreno”. Se hizo un silencio tremendo, la cincuentena de actores y figurantes que habían en el escenario concentraron sus miradas en mí y luego hacia donde salía la voz del director en la oscuridad de la sala, todos expectantes… miré a los actores buscando complicidad, algunos sorprendidos, otros con una sonrisa esperando como la descarga de una tormenta, en el silencio prolongado y tenso oí un murmullo, las voces del director y su ayudante, entonces éste, elevando la voz, dijo: “Bien muchacho, empieza a pintar aunque estemos ensayando” y siguieron como si nada hubiera pasado, me olvidaron.
Y empecé a pintar el suelo con los tonos buscando las áreas donde no estuviera ese coro de actores, algunas veces pisaban sin compasión zonas ya pintadas, pero yo recomponía el desaguisado.
A la media hora, se dio la voz de que se había terminado el ensayo juntamente con un “mucha mierda” y me quedé solo en el escenario, 20 minutos más y terminé. “Muchacho, ¿se secará el suelo? Me pregunto el ayudante desde la oscuridad de la platea, creí que se habían marchado. “Sí, claro” respondí, en realidad no lo sabía a ciencia cierta, pero ¿qué podía responderle? Me tranquilizó ver que las primeras zonas pintadas ya casi estaban secas o sea que en una hora estaría todo seco, respiré profundamente.
Entonces subieron el director y el ayudante al escenario, el director con los brazos en jarras observaba minuciosamente todo el suelo y girándose a su ayudante le dijo: “Dale diez duros al muchacho”. El ayudante buscó en los bolsillos del pantalón al tiempo que ponía cara como de decir: ¿Y por qué se los tengo que dar yo?, y sacó un billete y me lo dio, al tiempo que el director decía: “¡Buen trabajo chaval!, y se alejaron por el lateral derecha actor…
Yo tenía 15 años.

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