Memorias de un aprendiz:8

Ya lo decía yo..!

trem1Una cosa pronto aprendí, mis maestros tenían muchos años de experiencia, y eso me distanciaba en el escalafón jerárquico y no podía imaginarme que yo algún día pudiera dibujar y pintar con la soltura que ellos tenían, por ello todo o casi todo lo que me dijeran yo sólo podía decir amén.

Pero con el tiempo descubrí que había un factor que no funcionaba del todo bien, o a mi no me cuadraba, y es que a veces tomaban algunas decisiones que yo, en mi supuesta ignorancia, no las veía claras. Ejemplos:

Una mañana me mandaron a buscar un telón que una cosedora había confeccionado en su casa, el trayecto era de calle Carretas a Floridablanca, bueno, pensé, sería un agradable paseo en el frescor de la mañana del verano, llegué a la dirección indicada y se trataba de una portería de una escalera de vecinos, una pequeña galería acristalada (perteneciente a la portera-cosedora), aquel cubículo parecía un contenedor de una inmensa masa de tela de algodon crudo: “Hola” dije, y aquella masa de tela se movió, y pude ver una cabeza asomada y un poco congestionada, era la cosedora.”Ya he terminado, ahora te lo ato” y como descendiendo de una nube, apareció de entre la tela blanca con unos cordeles en la mano; yo empecé a preocuparme después del primer impacto ante tal masa de tela cosida.

La mujer y yo intentamos dominar aquella gran deforme masa, con la intención de darle al menos una forma esférica o parecida y el resultado fue una especie de calabaza de un diámetro de 1,50. La modista al acabar se sentó sudada y con resuello, yo paralizado ante la idea de transportar solo con la ayuda de mis brazos aquella bola monstruosa, de pesar no pesaba, pero no sabías como agarrarla, como pudo la buena mujer me ayudó a cargarlo sobre mi cabeza, las cuerdas que ataban dándole forma semiesférica estaban bastante flojas y a los tres metros de caminar lo que al principio parecía un champiñón andante se convirtió en un níscalo, de mi sólo se veían los pies, todo lo demás era tela que cada vez estaba más floja y arrastraba por los suelos de la calle, yo metido en el centro de la masa no veía más allá de mis pies y no me podía orientar para ir al taller, al final opté por descargarme la masa y salir a la superficie a respirar, en el suelo la masa ofrecia más de tres metros de diámetro, y la gente me miraba como si fuera de otro planeta.

Un trabajador de la misma escalera de mi taller me rescató, entre los dos atamos de nuevo la tela y llegamos al taller, fue entonces que tuve el  pensamiento de quien fue la idea de mandarme a mi solo con aquel fardo.

Otra vez, que habíamos pintado la escenografía de Ana Frank, se tenía que pintar el suelo de lona para unificarlo con el decorado, cuando me dijeron que me preparara para ir al teatro Comedia, me entusiasmé con la idea de pasar la jornada en el teatro, se me adjudicó la responsabilidad de llevar el cubo del trem (cola de conejo diluída como adherente para el pigmento). El cubo en cuestión era el de siempre, el de metal, el grande, pero se me alzaron  las antenas de que aquello podría ser un desastre previsible, pero ante una orden de un maestro, ya se sabe.

El cubo estaba a rebosar de cola caliente, le faltaba un dedo para el borde, haciendo equilbrios y filigranas para que no se derramara bajé las escaleras del taller, allí se llamó un taxi, el taxista me vio con el cubo, pero sin prestar demasiada atención. “No me manchéis la tapicería del coche” mi jefe lo tranquilizó: “No se preocupe”. Como un funambulista entré en el asiento de atrás manteniendo en equilibrio el cubo cogido por el asa, de pronto el taxi se para bruscamente ante un semáforo, y ante mi impotencia veo como en un baivén del cubo se derrama la cola por el suelo del taxi, otro frenazo y más cola derramada, cuando llegamos ante el Comedia había en el suelo del asiento trasero como tres dedos de cola que empezaba a ser gelatinosa al enfriarse, el taxista se marchó sin darse cuenta, y yo me quedé diciendome:”Ya lo decía yo”.

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