Memorias de un aprendiz:10

“Che gelida manina”

Mestres-CabanesA los pocos meses de entrar al taller a trabajar, también empecé a ir al Instituto del Teatro, pero no me lo pusieron fácil, las clases eran de siete a diez de la noche, y yo terminaba mi jornada laboral a las siete, por lo cual era imposible llegar al inicio de la clase, esto suponía salir corriendo con la carpeta e ir de Berenguer el Viejo hasta Elisabets en 18 minutos, atravesando Paralelo, Ronda San Pablo, calle de La Cera, Hospital, Egipciacas, Carmen, Angels y por fin Elisabets, siempre llegaba con la lengua fuera. Luego descubrí que un tranvía, el 29, hacía un recorrido diferente pero con el mismo tiempo, esto me permitió no llegar tan exhausto, pues la parada sólo quedaba a dos calles del Instituto, bajaba por Joaquin Costa y Ferlandina y llegaba a Elisabets, pero para que me quedara más cerca, tenia que saltar del tranvía antes de llegar a Universidad.

Allí conocí a Josep Mestres Cabanes, un hombre enjuto de cara, pelo largo y gris y de  andar  renqueante de una pierna, nos enseñaba a pintar bocetos con acuarela, era realmente un maestro. El primer curso de perspectiva lo daba Andreu Vallvé y me fascinaba su interés de hacer comprender el entramado de líneas que daban luego aquella sensación de profundidad, lo que ahora se llama 3D.  Mestres Cabanes me marcó para siempre la forma de distribuir el color con la aguada, de unificar degradados, de lavar un área no conseguida, de crear una atmósfera con el color, lo que más recuerdo es la luz azulada de luna sobre arquitecturas medievales y sus sombras entonadas con la noche y la luz cálida de ventanales.

Era un hombre entusiasmado con su trabajo y me divertía la frase que pronunciaba antes de empezar la clase. La mayoría de nosotros hablábamos en catalán, y también él que era de Manresa, pero las clases tenían que darse en castellano, así que el hombre decía…: “Vamos a principiar” y a partir de aquí era un torrente de palabras, gestos y trazos en la pizarra, de cuando en cuando nos miraba y preguntaba: ¿ Lo conprenden … lo comprenden…? Con estas personas perdías la noción del tiempo y además aprendías.

Por esa época descubrí que había una ópera que me fascinaba, La Boheme. La había escuchado una vez íntegra por la radio, y deseaba tenerla, pero yo no tenía tocadiscos, algún amigo sí, todo y con ello decidí comprarme el disco, fue emocionante entrar en la tienda y pedirlo, pero sobretodo que fuera de Renata Tebaldi y el tenor Carlo Bergonzi.

Luego, en casa, sólo pude dejarlo sobre la mesita de noche y mirarlo largamente antes de dormirme. Al día siguiente, me leí el libreto que estaba en italiano y castellano, al leer las frases más conocidas del texto venía a mi mente la música, y así en silencio escuchaba la Boheme.

Logré que un amigo me dejara por una noche un tocadiscos portátil, creo que no cené, en mi cuarto extraje el disco de su funda de papel, en realidad eran dos discos, al poner la aguja sobre el surco ya tenía el libreto para seguir la obra, poco a poco la obra avanzaba y me enteraba de todo lo que sucedía, me emocionó el segundo acto en el Barrio Latino donde unas voces de niños anuncian un desfile militar, voces, coros, bandas, orquesta, era de locura. Y que decir del lacrimoso final cuando Marcelo, el tenor, grita: “Mimi…Mimi…Mimi” Pero lo que recuerdo con más agrado es “Che gelida manina…”

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