Memorias de un aprendiz:12

Dibujo en una servilleta de papel

DSC00048No me avisaron, y mi primer sueldo, creo que 25 pesetas que me dieron a las siete de la tarde el sábado, se lo tenía que dar a mi madre; después comprendí que era para ayudar a los gastos de la casa, pero me pudieron avisar, explicármelo,  sólo tuve las 25 pesetas en mis manos el tiempo de salir del taller y llegar a mi casa que estaba al lado.

Me acostumbré a ello rápidamente, y aprendí que si quería comprarme algo para mí tenía que pedirlo, con lo que desarrollé una habilidad para argumentar la necesidad de aquello que quería tener.

Un domingo que disponía de una propina, conseguida de cargar un decorado en el  maletero de un coche de un cliente, decidí vivir intensamente mi ciudad.

Cogí un bloc de hojas blancas, lápiz y una estilográfica ( Montblanc) de mi padre, y la propina en mi bolsillo.

En voz alta, avisé que iba a dar una vuelta, y una voz respondió: “Vale, a las 10 aquí”.

Quería encontrar un café con ambiente para crear algo, un dibujo, o empezar una novela, quería observar la vida de cerca. Caminé Paralelo arriba buscando un café, no un bar, un café como el que frecuentaba, creo, Pío Baroja, o como donde se reunían Rusiñol y Ramón Casas. Los del Paralelo me parecían demasiado bar, entonces giré por la calle Nueva y fui mirando, desde la puerta, los diferentes bares, cafés… ninguno daba el ambiente requerido y me angustiaba pensar que no me podría inspirar si no hallaba el lugar adecuado. Esta angustia hizo que no fuera tan selectivo con los tipos de establecimientos y a media calle encontré uno que podía pasar el examen de requisitos. Era un viejo café con los cristales con visillos, mesas de mármol redondas y camarero con delantal largo y blanco. Entré y me senté en una mesa de cara a la entrada mirando a la calle, así podía observar mejor a todo aquel que pasara. Una voz detrás mío preguntó: “¿Qué va a tomar, el señor?” Se dirigía a mí y además de señor. Frunciendo el ceño respondí: “Un café, por favor”. Al poco me traía una tacita blanca con plato, cucharita y un paquete de azúcar en terrones. Desde el punto en que el camarero me dijo señor, me pareció que se paraba el tiempo, un tiempo, y empezaba otro, yo había cambiado de categoría, y me metí de lleno en el papel de artista-creador. Empecé a beber poco a poco a sorbitos el café para que durara toda la tarde, luego abrí el bloc de papel blanco y puse el lápiz y la pluma delante mío como si me dispusiera a emprender una gran acción, luego miré a mi alrededor y pude observar que en el gran local sólo estábamos dos clientes y el camarero, encima el cliente me daba la espalda. Poco podía inspirarme, aquel café. “Bueno -me dije- no pasa nada”. Abandoné la intención de hacer algo literario y me pasé a lo pictórico, dibujaría. Con el lápiz en la mano me concentré en mi mismo, pero estaba en blanco, no se me ocurría nada y de pronto pensé: “Ya lo tengo, dibujaré la taza del café, el platillo y la cuchara”. Terminé rápido, y no quedó mal, se me da bien el dibujo. Me acabé el último sorbo de café que ya estaba frío y entonces me vino el recuerdo que los grandes artistas, cuando estaban en un café, dibujaban sobre las servilletas de papel, y algunas de ellas pasaron a la historia. Delante mío tenía un vaso lleno de servilletas blancas dobladas en triángulo, cogí una y sin pensarlo dos veces dibujé al hombre que tenía sentado delante mío de espaldas. Quedé satisfecho y pensativo miré a la calle proyectando con mi pensamiento hacia el futuro aquella servilleta dibujada por mí. Cuando aterricé de nuevo, el camarero había retirado todo el servicio de mesa, incluída la servilleta, y en aquel momento estaba pasando una bayeta húmeda por el mármol de la mesa, y con un gesto puso delante mío un pequeño plato con un tiquet con la cuenta del café.

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