Memorias de un aprendiz:11

La Encarna

Escala-tallerLa  Encarna era una mujer especial, temible y cariñosa, descarada y afable. Encarna era gallega, amplia, de unos 60 años, de movimientos lentos y cansinos, con grandes faldas hasta los pies y un pañuelo tapando el moño, lo que se le podía ver de los tobillos los tenía siempre hinchados.

El taller estaba en el 2º piso, pero había entresuelo y principal, por lo que en realidad era un cuarto, encima el terrado, que se utilizaba para tender la ropa del lavadero público situado en la planta baja, por ello siempre subía por el hueco de la escalera un olor a agua caliente y lejía.

La Encarna era lavandera de oficio y su sustento era ese, lavar la ropa de otros y luego subir a secarla al terrado, si duro era lavar, más duro era subir cinco pisos para tender la ropa y luego de seca recogerla, doblarla y entregarla.

A la Encarna la oías subir por la escalera porque alternaba el tarareo de una cancioncilla con los reniegos dedicados a la escalera, al dolor de sus piernas y repasando toda la corte celestial, pero sin dejar de tararear, si te asomabas, lo primero que divisabas era el barreño de cinc  que llevaba en la cabeza, cargado de ropa recién lavada, si no tenías deamasiada faena bajabas a su encuentro, le agarrabas el barreño y lo llevabas hasta el terrado, o si estabas subiendo o bajando paquetes de decorado con la cuerda con polea que había en en centro de escalera, aprovechabas para atarlo y también elevarlo hasta el último piso, ella nunca lo pedía, cuando no te dabas cuenta ella sola subía el barreño.

Al bajar de tender la ropa, casi siempre hacía una parada en la puerta del taller que siempre permanecia abierta, prudentemente ojeaba si estábamos los de siempre o había algún cliente, si lo había seguía su camino, pero si estábamos solos se le iluminaba la cara y pasaba al ataque.

Al mozo (de unos treinta años, de la zona de Teruel, boina y palillo entre los labios, chico para todo) lo tenía aterrorizado, pues era el blanco de la Encarna, ella  desde el umbral de la puerta lo llamaba,»fulano…un día de estos te follo..» y el tal fulano se marchaba al extremo opuesto de taller, refunfuñando «me deje ya mujer de una vez…» , naturalmente todos los demás  nos partíamos de risa discretamente. La Encarna se tomaba un trago largo del botijo y después de secar el sudor de su rostro y cuello con un pañuelo se acercaba a alguno y le hacía algún comentario, que podría escandalizar a la más lagartona de la calle Las Tapias,  tenía una vulgaridad graciosa, dispuesta siempre a hacer reir con sus ocurrencias, decía » mañana os cuento como se puede pasar toda la noche durmiendo y  sin sacarla», fulano, llamaba, » ven que te lo cuento…» y el fulano se escondía en el water.

Luego se marchaba tarareando y antes de traspasar la puerta sin mirar a nadie decía » a éste lo desvirgaré yo «… y se alejaba con su música.

A mi me daba respeto, no temor, conmigo no se metía nunca, yo era demasiado joven, admiraba  su energía  a pesar de su edad, de su peso y volumen, cuando aparecía ella aquello se transformaba durante unos pocos minutos, que ella sabia controlar bien, en una fiesta de sorpresas y risas, por sus ocurrencias rompía la monotonía.

Una mañana que no había ningún cliente, nadie la oyó llegar, y cuando me di cuenta ya estaba en medio del taller avanzando silenciosamente y el mozo, que estaba sentado en el suelo de espaldas a la puerta, tampoco la oyó llegar. Encarna se acercó con sigilo y alzando sus grandes faldas cubrió con ellas al mozo. No puedo contaros como acabó aquello, pues aún lloro de la risa que nos dio a todos.

Un día, nos quedamos de piedra todos, estábamos cada uno en su trabajo, mi padre pintando, los mozos haciendo paquetes de decorados, yo apedazando unos rotos de un telón y mi tío atendiendo de pie a un cliente muy bien vestido, un hombre de mediana edad, bien parecido y de un nivel acomodado, en esta que silenciosamente aparece la Encarna y se dirije directamente a donde estaba mi tío y el cliente. El mozo, intentando disimular los gestos, le indica que ahora no entrara, yo no entendía como osaba, ya que ella era muy prudente cuando había clientes, pero ella siguió acercándose, todos paramos de trabajar mirando la situación, incluso mi padre dejó de pintar, Encarna se paró a dos paso del cliente, lo miró fijamente para asegurarse de que no se había equivocado y lo abrazó , el cliente acogió el abrazo diciendo: «¿Cómo está mi Encarna…?», fue un largo abrazo, Encarna tenía los ojos llorosos, deshicieron el abrazo pero se tenían tomadas la manos, el cliente al verse rodeado de las  atentas miradas de todos, sonrió y dio una explicacion general: «A mi Encarna la quiero mucho, fue mi paciente una corta temporada en el hospital y todos la recordamos , se portó muy bien, y apesar de su lengua…  dio alegría a toda la planta». Encarna, con su buen sentido de la oportunidad, se alejó hacia la puerta, secándose las lágrimas y antes de cruzar el umbral se giró y le mandó un beso, mientras se marchaba dijo en voz alta:  «Este se ha follado a más que todos vosotros juntos.»

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