Memorias de un aprendiz:7

De mayor seré escenógrafo

Joan Salvador pintant

En un rincón de mi memoria, detrás de muchas cosas que había olvidado, me encontré, era un recuerdo muy antiguo, debería tener 7 u 8 años y no sé si mi madre me acompañaba a todas partes, o yo la acompañaba a ella a todas partes, la cuestión es que siempre iba con ella, a comprar, a casa de alguna amiga, a visitar a su prima, a su tía , al médico, a ver a su madre o sea mi abuela, a sus hermanos… en fin, a muchos sitios con mi madre, en esa edad es lo que más recuerdo, y a mi padre no lo recuerdo, pero estoy seguro que estaba.

Un día me dijo que llevaríamos la comida a mi padre, para ello fuimos andando un buen rato por todas las Ramblas a buscar el tren a la plaza de Cataluña.
Me gustaba ir en tren, sobretodo cuando salíamos de los túneles y miraba los bosques de detrás del Tibidabo.
Llegamos a Sabadell, allí estaba trabajando mi padre, en una gran mansión de un fabricante de tejidos, que decían que era muy rico, y que celebraba una gran fiesta,  me parece que por que se casaba una hija o algo así.

Cuando llegamos, después de caminar por muchas calles llenas de polvo, atravesamos una gran verja de hierro que daba a un gran jardín, que desde fuera no se veía, pues unos setos de cipreses recortados que rodeaban la mansión lo ocultaban.
El jardín era enorme, con mucha sombra de arbolado, que junto con una brisa suave, se estaba muy bien; buscamos a mi padre, preguntando por donde estaban los pintores, y nos lo indicaron, estaban junto a la entrada principal, caminamos hacia allí, a mi no me parecía que allí se pudiera hacer una fiesta, más bien aquello era un gran follón, gente por todos los lados trasladando tablones de madera, paletas con carretillas llenas de ladrillos, carpinteros clavando y serrando maderas, electricistas encaramados en lo alto de escaleras tendiendo cables entre las ramas de los árboles, mi padre nos vio y vino a nuestro encuentro, yo corrí hacia él, mi madre sacó del cesto de mimbre una fiambrera de aluminio con la comida, también una botella de vino, nosotros ya habíamos comido antes de salir de casa, y por la hora, aquello me parecía más una merienda que otra cosa, mientras mi madre lo preparaba todo sobre unos cajones de madera bajo una buena sombra, mi padre me llevó a enseñarme una cosa, y  era que cerca de allí había, como una gran charca cavada en la tierra y llena de agua de color arcilla y una pequeña barca con dos remos atados a los costados, me dijo que lo habían hecho para el hijo pequeño de la casa que tendría mi edad; mi padre me dejó montado en la barca y me sentí el rey de los mares, fue fantástico, estuve allí toda la tarde o mientras comía mi padre, no recuerdo bien.
Cuando llegué a casa, al acostarme no podía dormir, pensando en la barca y cuanto me gustaría tenerla.
Dos días más tarde, fuimos otra vez a Sabadell, yo excitado de poder ver la barca otra vez, mi madre me contó que hoy tenían que acabar de preparar el jardín, pues mañana se celebraba la fiesta.
Cuando de nuevo atravesamos la verja, no podía creerme lo que veía.

Donde dos días antes era un caos de gente y materiales, ahora era un jardin mágico, con cintas de colores unidas entre los árboles, casetas como en las fiestas mayores, de tiro al blanco, de tirar anillas, pim pam pum, y donde estaba mi padre y varios pintores más habían construído como una pérgola, que era de madera pero parecía de verdad.
Al contemplar todo aquello me impresionó tanto que olvidé incluso la barca de la charca, no me había ni imaginado que un grupo de personas, entre ellas mi padre, fueran capaces de transformar un lugar y que pareciera otro, además en tan poco tiempo, la misma emoción hizo decir a mi pensamiento: De mayor seré escenógrafo.

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